UNA FORMA DIFERENTE DE MEDIR
El 19 de enero, hace nada, cumplí 29.000 días de vida. Cada día es mi “cumpledía” y lo celebro porque sostengo que la vida es una bendición, pero no siempre se baraja un número tan redondo. Fue una casualidad. Estaba sosteniendo una acalorada conversación con un buen amigo, preocupado como yo del transcurso del tiempo. No se consolaba el hombre con el artículo 7 bis de la Ley de Enjuiciamiento Civil que establece, como es sabido importantes beneficios a los que han alcanzado una venerable edad. Tampoco con el bono de transporte público que le hace dueño de los autobuses, metro, trenes de cercanía en toda la comunidad (pongamos que hablo de Madrid, don Joaquín dixit) que significa no sólo un importante ahorro sino también una invitación psicológica de no sacar el coche ni agotarse paseando. Nada, no había forma de llevar consuelo a mi contertulio. En broma le dije que a esas edades no se liga en las discotecas por muy arregladito que vayas y que ya no permite la relativa elasticidad que...