EL BESO EN ESPAÑA

 

Cuando era pequeño y vivía en el otro hemisferio, ya se sabe, españoles de ambos hemisferios, “La Pepa” dixit, se oía en la radio a un conjunto muy popular que cantaba y se denominaba Los churumbeles de España. Pensaba que era famoso en todas partes, pero parece que estaba integrado por exiliados y, a pesar de su nombre, aquí no los conocía nadie. En México, en Cuba y en Argentina llegaron a ser muy famosos. Cantaban unos pasodobles que invitaban a ponerse en marcha, “Doce cascabeles”, recuerdo, y más que ninguno “El beso” o “El beso en España” o “La española cuando besa” que, según entiendo, de las tres maneras se lo intitula. Celia Gámez lo interpretó y, después un montón de folclóricas. Hasta Manolo Escobar. Ahora suena poco, pero en su época hizo furor. Su letra pegadiza está en la memoria de casi todo el mundo, buen, del mundo de los cuarenta para arriba.

El pasodoble ofrece diversas clases de besos, pero no los define. La RAE sí, de esa manera indirecta que exige una doble consulta: acción y efecto de… y te remite a Besar cuyo significado es sublime: tocar u oprimir con un movimiento de labios a alguien o a algo como expresión de amor, deseo o reverencia, o como saludo.” Sublime, me permito calificarlo por lo anticuado. Cualquiera sabe hoy que el beso es eso, pero bastante más que eso. La Academia acepta como sinónimo “morreo”, una expresión vulgar donde la haya, pero no se mete en más profundidades y lo digo con el doble sentido que se puede dar al término. Volviendo a la clasificación del pasodoble encontramos, el beso en la mano, el beso de hermano y, el mejor, el más exclusivo, el beso de amor. Mientras los dos primeros están al alcance de cualquier infeliz, el último no. No se lo dan a cualquiera. No estoy nada de acuerdo con la distinción.

Me explico. Creo que fue la condesa de Romanones, que a pesar de su título tan hispánico era norteamericana, la que dijo que en España cualquiera viene y te estampa dos besos sin venir a cuento. Creo que se refirió específicamente a que el primero que te saluda te toca la cara. Me ha llamado siempre la atención la costumbre inveterada de besar a desconocidas, en el caso del varón y desconocidos, en el caso de las señoras nada más que por serles presentadas o presentados. Aquí, fulanita, zas, dos besos. Mi primo Manolo, zas, otros dos. No es que me moleste que me besen, me gusta mucho, pero prefiero las cosas en su justo medio. Es verdad que estrechar manos resulta algo forzado cuando los titulares de las extremidades son de distinto sexo y el encuentro es simplemente social. No es forzado sino casi obligatorio cuando la relación es comercial o profesional. En esos casos, el beso está de más. Desechado el apretón queda algo cursi el además de besar la mano sin tocarla con los labios limitándose a alzarla a unos cuantos centímetros de la boca. Encuentro muy elegante esa intentona, pero me he llevado más de un chasco y adivino que la víctima de mi manipulación se lleva la impresión que estoy de permiso de un museo histórico.

Acepto, la mayor parte de las veces esos besos estrictamente de buena crianza, desnaturalizados porque si se acaba de conocer al receptor es difícil, por muy perspicaz que uno sea, abrigar algún tipo de sentimiento al que acaba de aparecer, admiración, a lo mejor o repugnancia, a lo peor, pero nada que ver con el que debía inspirar algo tan íntimo como compartir ese espacio tan próximo.

Hay dos cosas que me preocupan desde que ganamos no recuerdo qué campeonato y se montó un incidente que todavía colea. La primera es donde caigo. Apunto a la mejilla, pero, por lo menos en una oportunidad, no he apuntado bien y he caído involuntariamente, lo prometo, en terreno mejor abonado. Por fortuna para mí, en esa época no se ha había legislado sobre la materia y el Código penal se guardaba para cosas importantes. Aclaro que se produjo aquella situación porque el blanco se movió, también involuntariamente.

La segunda cosa que me preocupa es la utilización de la expresión “besos” que empleo con cierta frecuencia. Lo hago como despedida de cartas, mensajes electrónicos y mi asomo en las redes. No a todo el mundo, claro, pero sí, a mi esposa, a mis hijos, a Sylvia, a Flor, a María José, a Belén… no cuento con el consentimiento expreso de ninguno de ellos para manifestarme así, sólo la tácita aquiescencia por, en algún caso, la reciprocidad y en otro, el silencio. Pero pienso a veces que no es imposible que esté cometiendo una tentativa de delito o una proposición para delinquir y me puede traer consecuencias.    


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