MALA SUERTE NO, PÉSIMA
Hoy no puedo pensar en otra cosa. Tantas veces he recorrido ese itinerario. Tantas veces he visto ese paisaje. Acunado por un tren que pensaba de alta velocidad, pero también de alta seguridad. Confiado en un conductor que no conocía ni había siquiera visto nunca pero que estimaba capacitado y experto. Que sabía lo que tenía entre manos y la enorme responsabilidad que pesaba sobre él. En una máquina construida por técnicos e ingenieros de categoría, capaz de llevarnos en menos de tres horas cubriendo una distancia que exigía no hace mucho, seis. La única preocupación, en lo que a siniestros se refería, era la caída de una pieza de equipaje mal estibada. Absorto en lecturas recopiladas para aprovechar el tiempo, disfrutando del silencio en el coche dispuesto para ese efecto. Deleitándome, muchas veces, con la mejor compañía imaginable. Por eso, por todo eso, por esa experiencia no puedo dejar de imaginarme el caos que produce un descarrilamiento, las maletas por los aires, los viajeros como muñecos conmovidos, los angustiosos momentos vividos hasta que el vagón recupera la estabilidad, en cualquiera de las posiciones posibles, de pie, de uno de los costados o, terrible posibilidad, sobre sí mismo, después de una vuelta de campana. El pandemónium de los primeros instantes, los gritos, las lamentaciones, los llantos infantiles, los cuerpos exánimes, los heridos, la sangre, las posiciones grotescas de algunos, el desconcierto de todos, las ganas de ayudar, el sentimiento de hermandad entre las víctimas, de culpabilidad por haber resultado ileso entre tantos desafortunados. Las instrucciones a gritos demandando calma y serenidad, las promesas que vendría ayuda inmediata.
Trenes circulan cada día, son cientos las
expediciones. Salen y llegan, generalmente a su hora. Sin contratiempos. A veces,
se producen incidentes, especialmente en algunas líneas, famosas ya por esas
ocurrencias. Incidentes que se saldan con retrasos, incómodos e inexplicables,
pero sin mayores consecuencias a la larga. Nos entregamos confiados a quienes
tienen el cometido de asegurar el transporte, inevitable y también, en
oportunidades, preludio de temporadas de asueto y vacación. No se nos ocurre
que puede ser nuestro último viaje en esta tierra ni que no veremos más a
nuestros seres queridos que se han embarcado en una línea ferroviaria. Estamos totalmente
tranquilos cuando nos subimos sin otro motivo de ansiedad que encontrar nuestra
butaca y colocar en los lugares destinados para ello al equipaje más voluminoso
y pesado que lo que queríamos.
El que sea nuestro tren
el que precisamente se sale de la vía prevista y descarrila es mala suerte. Pero,
donde la suerte ya no es mal sino pésima es que elija ese momento en el preciso
instante en que circula otro en dirección contraria. Es verdad que el tráfico
es constante, pero el cruce no es tan frecuente. Cuatro, cinco veces, no lo he
contado para dar una cifra más exacta, en un trayecto de seiscientos
kilómetros. Anoche, se conjuntaros dos infortunios: un tren que descarrila y
otro que se aproxima y recibe sin posibilidad de esquivarlo un latigazo de
hierro y cristal impulsado con enorme fuerza inerte. La desgracia, pues, se
duplica o triplica, o más. Esto es lo que ha sucedido en Adamuz, un noble
municipio cordobés que ha adquirido lamentable notoriedad después de siglos de
existencia ya que cuenta con ruinas romanas y una historia rica de
acontecimientos durante la Edad Media, con visitas reales, ambientes para
dramas, víctima de episodios en la guerra civil y, ahora, epicentro de la catástrofe.
39 víctimas fatales,
cientos de heridos, algunos graves, afectan a una pléyade y también a todos los
que tenemos sensibilidad e imaginación. A todos, vamos.
La suerte, ese
encadenamiento de circunstancias casuales nos ha azotado donde más nos duele: nuestros
inocentes semejantes que, sin culpa alguna, hoy están sufriendo y nosotros con
ellos.
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