NO PONGA UNA OLLA A PRESION EN SU VIDA
Cuando era jovencito, participaba en concursos culturales que, por aquel entonces, eran frecuentes. Y era tal el estado de ignorancia de los que se enfrentaban que no me era demasiado difícil salir airoso. Pues en una oportunidad me gané una olla a presión. Era un premio bastante poco apropiado para un muchacho de dieciséis años pero era el que galardonaba al triunfador absoluto. Recuerdo que los otros eran lustrines. Para el que no esté familiarizado con los chilenismos un lustrín es una caja con los elementos para limpiar zapatos. Confieso que me da un poco de vergüenza contar esto porque visto desde la distancia tanto geográfica como temporal parece que hablase de las Quimbambas o de Fernando Poo. El concurso se trasmitía por la radio y emitían el nombre de los ganadores hasta que retiraban el premio. Como me hacía ilusión oír que me mencionaban en las ondas tardé mucho en recogerlo. Tampoco sabía muy bien qué hacer con él. Pues cuando estaba a punto de caducar traje mi olla a casa y la guardé celosamente pensando que un día contraería matrimonio y ya tenía la base para mi ajuar. Tardé una década y cuando al fin aporté el elemento, mi mujer dictaminó que el aparato era muy peligroso, que la técnica había avanzado mucho y que no estaba expuesta a perder la vida cocinando. La verdad es no diré muchas pero sí varias personas de mi generación fenecieron al estallar el artilugio.
Después de esta mala experiencia con el utensilio, debo reconocer que le perdí la pista. Sólo la divisaba en Navidad cuando se hace en casa de mi cuñado –que tiene de todo- el cocido tradicional. Que nadie se come, por cierto, porque ya nos hemos hartado con los demás manjares propios de esas Fiestas.
Pero ahora han asomado nuevamente su malévola actitud hacia los seres humanos que en venganza han inventado el microondas como sustituto de la cocina rápida doméstica, para no hablar de Mc Donalds.
Cinco heridos –algunos graves- mientras cocinaban garbanzos a las diez de la mañana en una escuela vasca de hostelería, una noticia que saltaba a la prensa hace unas semanas y me conmovía. Una pobre señora de Gijón, embarazada de cinco meses para más INRI, fallecía al alcanzarle la onda expansiva –así lo decía el periódico- del maldito cacharro. Dios la tenga en su Santo Reino.
Pero miento, me había cruzado otra vez en mi vida con la perola. En 1992, el Tribunal de Defensa de la Competencia redactó un Informe sobre el libre ejercicio de las profesiones que tuvo un impacto tremendo en la regulación de los Colegios Profesionales. Se vinieron abajo instituciones venerables como la restricción de la publicidad, la venia profesional que permitía retener al cliente hasta que pagase y los honorarios mínimos. Frente a la alegación que se hacía por los profesionales de que éstos garantizaban la calidad, el Tribunal argumentaba “Si un panadero ofrece el pan por debajo de determinado precio, podría pensarse que está introduciendo yeso en vez de harina, y con ello, puede perjudicar seriamente la salud, pero a nadie se le ocurriría fijar el precio del pan para garantizar la salud de los españoles. Esta se garantiza por medio de exigencias de calidad a través de otras normas legales específicas.” Y añadía “Es posible que si alguien vende una olla a presión por debajo de determinado precio es que la olla se ha fabricando con unos materiales de tan baja calidad que puede explotar causando grandes desgracias en los hogares, pero a nadie se le ocurre buscar la seguridad fijando el precio mínimo en las ollas de presión.” Me encantó ese informe aunque, claro, tuvo un impacto entonces en mi existencia.
Pero donde aparece la maldad en toda su magnitud es en la acción de esos dos hermanos tan guapos y con aspecto de no haber roto un huevo que han teñido de sangre un acontecimiento deportivo cuya existencia desconocía pero que ahora tardará mucho en borrarse de nuestra memoria. Y el atentado se ha materializado nada menos que utilizando el condenado elemento. Claro, los servicios de un país tan preocupado de su seguridad desconfían de los botes de colonia, de los desodorantes, de los tubos de pasta dentífrica y, claro, de los misiles, subfusiles y escopetas de cañones recortados pero ¿quién va a pensar que con una olla a presión se puede matar gente? Pues no, amigos Directores de la CIA, del FBI, de la Policía, miren hacia este lado.
Y que me perdonen los fabricantes.
ESTE ARTICULO FUE PUBLICADO EN SUR CUANDO SE PRODUJO EL ATENTADO DE DOS SUJETOS QUE HICIERON EXPLOTAR UNA OLLA EN LA MARATON DE BOSTON.
Comentarios
Publicar un comentario