EL MES DE JUNIO
Nos pilla cansados. Llevamos diez meses trabajando, estudiando o lo que sea que hagamos. Y el calor que se empieza a sentir nos recuerda que no deben estar lejos los días en que podamos hacer un alto en el camino. Pero, antes, hay que realizar una serie de actividades más agotadoras aún, si cabe. Participar en las elecciones al Parlamento Europeo. Parece cosa fácil, algo sin mayor importancia que se despacha haciendo una pequeña cola ante la mesa receptora de los sufragios, un saludo, la exhibición del carnet, oír repetidas veces tu nombre para apuntarlo en las listas necesarias para que cuadre el número de votantes con el número de papeletas depositadas y ya está. Pero no. Tenemos invadidos nuestros medios de comunicación por los políticos que, entre insulto e insulto, arropados por los suyos, con despliegue de banderas y carteles, se esfuerzan en convencernos que son la mejor opción y que, prefiriéndoles, la situación mejorará. No se sabe muy bien cómo, pero mejorará. Tengo el pálpito de que nadie les cree, pero se les vota a falta de otra posibilidad. El tener que presenciar esta invasión en tu intimidad produce cansancio.
Como si no hubiese
suficiente jaleo con esos comicios, que los que esperan imponerse, califican de
auténtico referéndum, ojalá con prudencia bien informada porque puede salirles
el tiro por la culata, hemos presenciado la victoria de una simpática señora
que insiste que es la primera mujer en doscientos años que desempeña la primera
magistratura de su país. Ya estaba bien. El mérito es aún mayor cuando se
piensa que en su país se había refugiado el machismo. Juan Charrasqueado dixit.
Más elecciones. Las de la
persona que deberá presidir el Consejo General de la Abogacía Española. Aunque
el tema interesa a no demasiados, por razones obvias me interesa a mí y mucho. También
a algunos miembros del gremio a quienes lo de la democracia indirecta no les
convence.
En otro orden de cosas,
también relativo a mi profesión, se celebrará la Asamblea General de la
Mutualidad que guarda nuestros ahorros y que está viviendo una época turbulenta
que nos preocupa.
Bueno, para no hablar de
la EBAU, en algunos lugares EvAU, en otros PEvAU y también ABAU. Su nombre y siglas han evolucionado con el
tiempo, reválida, selectividad, PAU, PAEG… En mis tiempos se llamaba,
simplemente, bachillerato. La fatídica
prueba que determina la vida futura de un tierno adolescente despistado que no
tiene muy segura su vocación y que, salvo que sea un genio, queda a merced de
una ecuación matemática compleja que decidirá su porvenir. Los pobres que no
están enfrentados a este trance también reciben lo suyo. Deben examinarse y
aprobar so pena de repetir ya sea el examen o el curso. Un ejercicio cruel,
despiadado en el cual quedan a merced de un criterio que hay que dar por bueno.
Sin recursos, salvo la tan esperada “revisión” a cargo normalmente del mismo
calificador. Una reposición, antigua institución que nunca ha podido demostrar
su eficacia.
Para no ser menos,
durante el mes tendremos que declarar el Impuesto sobre la Renta de las
Personas Físicas que obliga a recordar los éxitos y fracasos del año anterior,
el ominoso Impuesto sobre el Patrimonio, una clara vulneración del non bis in
idem porque se paga sobre lo ya tributado, de una manera u otra y el aún más
ominoso Impuesto Temporal de Solidaridad de las Grandes Fortunas, que no es
temporal ni se ve la solidaridad por parte alguna porque sólo beneficia al
Estado y porque lo de las grandes fortunas no es tal. Como la villa de las tres
mentiras.
Un mes de junio intenso,
vamos.
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