LA EMOCION DEL PRIMER DIA


Siempre he sostenido que soy un hombre especialmente afortunado. El pasado viernes 9 tuve otra experiencia que confirma mi aserto. Ese día, Pequeño Cristóbal había sido convocado a la conferencia inaugural de su primer curso de derecho en la Complutense. A las diez de la mañana para que durase hasta el mediodía, cuando comenzaba el fin de semana, último antes de involucrarse en los interminables estudios que le permitirían, en un que se vislumbraba lejano, denominarse graduado y, después de otros esfuerzos y sacrificios, llegar a ser abogado. Yo no pintaba nada allí pero, con el padre del alumno lo escoltamos a través de las algo complicadas vías de acceso. Mientras viajábamos en las líneas 4 y 6 de Metro de Madrid, todo iba bien pero cuando desembarcamos en la estación de Ciudad Universitaria se vio que nosotros, especialmente el mayor del grupo servidora de Ud., estábamos atrasando el ritmo de la algo larga caminata hasta la Facultad de Derecho. Así que fuimos, con nuestro forzado consentimiento, dejados atrás mientras el futuro graduado estiraba sus largas piernas. Íbamos rodeados de una multitud. Chicas y chicos salían de todas partes y nos adelantaban, al compás de nuestro pupilo. Al llegar a la puerta del recinto nos encontramos con que aún no se había abierto. Una multitud aguardaba. Cuando el bedel permitió la entrada eran ríos de gente los que cruzaban el umbral. Nosotros aguardamos, estupefactos ante la desproporción entre hombres y mujeres. Éstas constituían una inmensa mayoría. Había algunos chicos, pero casi pasaban desapercibidos. El enorme caudal se refugió en el aula magna. Cuando nos asomamos no cabía un alfiler por lo que optamos a quedarnos a la entrada observando de perfil a los conferenciantes. Presidía el decano de la facultad y se explayó durante una hora completa. El decano es un jurista de primera categoría y su discurso fue muy interesante, aunque algo sombrío. No arrancó ninguna carcajada ni siquiera risas que demostraran el regocijo de los que estaban escuchándole. Sólo un murmullo de satisfacción cuando enseñó una particular regla de tres. Si el día tiene 24 horas, había que asignar 8 para dormir, 8 para estudiar y 8 para divertirse. Gran aplauso. No hay que ser demasiado listo para colegir que la perspectiva halagüeña era la última. La regla no consideraba, sin embargo, la hora imprescindible para llegar al sitio, creo que desde cualquier punto que se partiese y no quedó claro a cuál de las tres actividades había que asignar ese tiempo para ir y volver.

 Estaba bien preparado el hombre y dio cuenta de algunos números: que los alumnos de derecho del primer año alcanzaban la estratosférica suma de 1161. Confío que sea la más numerosa porque hay más de cincuenta facultades abocadas al estudio y enseñanza de la ciencia jurídica. Es cierto que el número de los que alcanzan la meta se reduce de manera importante, no tanto como la reproducción del cocodrilo. pero, llega al cincuenta por ciento, entre los que se aburren, los que fracasan y los que descubren otra vocación. Por suerte, debido a la juventud, ni la morbilidad ni, mucho menos, la mortalidad es significativa. Explicó el decano que, del número de inscritos, alrededor de setecientos y pico pertenecían al antes llamado sexo débil, mientras que los varones se empinaban sobre trescientos. Me pareció que muchos de estos habían decidido no concurrir ese día porque a la vista, la superioridad numérica femenina era aplastante. En cualquier caso, la proporción de tres cuartas partes frente a una es significativa. No sé, me parece que no, la elección de la primera presidenta del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo en la que se ha insistido hasta el extremo su condición primeriza en el alto cargo, ha contribuido a despertar el interés de sus congéneres. La mayor parte estaban matriculadas antes de que se produjese el feliz acontecimiento de la designación. Hay muchos abogados, ya lo dijo Calamandrei hace más de un siglo, yendo más allá porque no es que fuesen muchos, es que eran demasiados, lo que es peor. Debemos consolarnos en la medida que la legión de graduados no se decantará exclusivamente por la abogacía. Hay muchas otras actividades que pueden emprenderse gracias al conocimiento de las normas que nos rigen.

También puntualizó el decano que debían considerarse afortunados quienes le oían. Entre otras razones porque con las tasas que abonaban, que excedían algo los mil euros, no atendían sino el quince por ciento del costo que involucraba el estudio. Una situación tan diferente, recalcó, que la imperante en las universidades privadas que no parecían ser del total agrado de quien dirigía la facultad que nos cobijaba. La verdad es que estábamos rodeados en ese momento de seres privilegiados, sanos, hermosos, con toda la vida por delante.

Muerto de envidia rememoraba mi propio primer día y mi frustrada ilusión de haber cursado mis estudios en esa facultad. La mía, a trece mil kilómetros de distancia, no era manca.  No me quejo.         

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