M DE MONSTRUO

 

 

Por no dar a la inicial otra acepción. No sé si soy yo el único que he apreciado este fenómeno. En cualquier caso, ya no, porque lo he comentado con algún amigo y me han confirmado que mi percepción es correcta. El problema es que se han unido al grupo de observadores que, si no se detiene la tendencia a tiempo, se transforma en un trastorno obsesivo compulsivo TOC. No se disfruta del panorama cuando se viaja en coche, igual se desatiende las normas de circulación mientras se fija la vista en las matrículas de los vehículos. Algo así como un juego que me enseño mi nieta, Pequeña Alicia, Alejandra para el resto del mundo, que se llama “coche amarillo”. Sus reglas son simples. Cada vez que se ve un coche de ese color, se dice en voz alta el nombre del juego y se propina un golpe, muy liviano, por cierto, al otro jugador. Por fortuna no hay muchos coches amarillos y en eso radica la originalidad de la diversión, apropiada para trayectos largos. Evidentemente, si se eligieses otro colorido para identificar los vehículos se trenzaría uno en una sucesión ininterrumpida de golpes. Coche blanco, por ejemplo.

A lo que iba. No sé si alguien se acuerda del sistema de matrículas que ha regido em España desde que se inventaron los vehículos motorizados y comenzaron a verse con frecuencia por las calles. La numeración fue de lo más sencilla. Se empezó con el número 1, de Madrid. Como pronto se vio que por mucho que la capital fuese la capital, la fiebre se extendía por todas las provincias del país. Las provincias eran las divisiones geográficas lógicas en aquellos tiempos, muy anteriores a las comunidades autónomas. Se le asignó una letra, generalmente la inicial del nombre del territorio y se continuó con la numeración 1,2,3 y así. Las letras no servían demasiado para localizar la provincia donde estaba registrado el titular. Bueno en general sí, pero había algunas anomalías explicables, pero algo desconcertantes para el que no estaba enterado. Por ejemplo, la letra A correspondió a Alicante y no a A Coruña que debía contentarse con la C de Coruña. Es verdad que el gallego no estaba muy estimulado por aquel entonces a pesar de los pesares, pero podía habérsele asignado la L de La. Lo de Alicante no estuvo demasiado acertado tampoco porque si vamos por orden, Albacete era antes que Alicante. Albacete se le reconocía como AB porque AL era de Almería lo que tampoco era justo..      

Otros casos eran incluso más difíciles. A Guipúzcoa no le tocó la G sino dos letras para compensar, SS que inevitablemente traía a la memoria la Schutzstaffel, de tristísima fama. Asturias era O, por Oviedo, quizá lo que no debe haber hecho mucha gracia a otras ciudades, especialmente a una.

La cosa, con sus más y sus menos funcionó así hasta 2000, creo. Hubo que cambiarlo por dos razones: una porque se habían agotado los cinco dígitos y no se podía seguir aumentándolos indefinidamente y también porque la matrícula estaba ligada al coche o similar y por mucho que su propietario fuera vecino de un sitio remoto tenía que cargar con la identificación en cuestión que, a lo mejor, no le gustaba mucho porque eran años duros.

El sistema nuevo era ingenioso y parecía que iba a durar para siempre. Se acababan los localismos y ya era imposible saber donde se había registrado el automóvil o furgoneta con sólo mirarlo. El sistema volvía a ocupar letras y números, tres letras y cuatro números. Ya las letras eran consecutivas y no evocaban un paisaje ni un paisanaje. Se utilizaba el alfabeto en su orden y se eliminaban las vocales de tal manera que no pudiesen leerse palabras con un significado especial como FEO, PUA, PEZ, y otras malsonantes como PIS, MEA y otras mucho peores. Así estamos hasta hoy.

Pero se ha desbordado todo. La primera letra permite conocer la antigüedad del cacharro. Máso menos. Si es B… de principios de siglo, pero si es M… está matriculado durante el último año. Bueno, si Ud. se fija, la mitad de los coches que circulan tienen matrícula que comienza con la M lo que significa que son nuevos. Está ahí, bien, pero son enormes, unos aparatos gigantescos, en los que el conductor se ve en las alturas, por lo menos desde el asiento de un utilitario. Si uno se fija en las marcas, se aprecia que, la mayoría, responde a las más cotizadas del ramo. No las consigno aquí para que no se crea que estoy haciéndoles publicidad, pero son suficientemente conocidas.

Partiendo de la base que la compra de un coche nuevo es de las inversiones más ruinosas que imaginarse pueda, al salir del concesionario el particular ya pierde el importe del IVA y a los pocos años, el precio de reventa es irrisorio, cabe preguntarse qué ha impulsado a la ciudadanía a cambiar de coche y, además, a decantarse por los monstruos que ahora se fabrican con total olvido de que las carreteras son las mismas y las plazas de aparcamiento, al rebufo de los promotores son más bien justitas.

Mejor no hablar de los Lamborghini.

¿Será verdad que la economía va como un cohete? ¿O es que a vivir que son dos días?

 

 

 

 

 

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