DISCURSO AL CONMEMORAR CINCUENTA AÑOS DE INCORPORACION EN EL COLEGIO DE ABOGADOS DE MALAGA

 

Como decía Hereward Ledger, no hay mérito en el transcurso del tiempo. Pero, en cambio, sí lo hay en la adecuada supervivencia y en el magnífico curriculum del que cada uno de los homenajeados puede legítimamente ufanarse. Les saludo y les felicito.

Lo tradicional en estos discursos de aniversario es remontarse a la época en que se comenzaba y aludir a las características de la modesta tecnología de la que se disponía entonces tan diferente a la actual. No acudiré a esa socorrida solución.

Por el contrario, voy a comenzar -y probablemente terminar- mostrando el sentimiento de gratitud que siempre he cobijado. Me parece que es el momento de expresarlo.

Empiezo por dar las gracias a nuestro decano por su entrega a esta profesión -de la que soy testigo privilegiado.

Gracias también a su Junta de Gobierno que lo ha apoyado en todo momento.

Pero, especialmente, gracias a mi Colegio que me acogió hace más de cincuenta años sin reservas. E incluso, me invitó a incorporarme.

Es que yo soy un español de ambos hemisferios. No lo digo yo: lo dice el artículo 1, del título 1, del capítulo primero de la Constitución de 1812. “La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios

Para materializar ese agradecimiento, he dedicado una buena parte de mi existencia, en los últimos 35 años, a tratar de devolver algo a la profesión y a mis compañeros a través, primero de mi querida Corporación y luego, del Consejo General de la Abogacía Española, trabajando en diversos puestos como Delegado de la Junta de Gobierno en Marbella, Vicedecano, Decano, Consejero nato y Consejero Electivo, en comisiones, juntas de gobierno, plenos y asambleas, escuela práctica jurídica y máster de la Abogacía. en el Tribunal Arbitral de Málaga.

He podido compaginar esa dedicación con el ejercicio de la profesión gracias, en primer lugar a Alicia, mi esposa, con su comprensión, a mis hijos, colegiados, a nuestro personal, impagable. Para todos ellos, muchas gracias también.

No siento que haya pagado mi deuda, ni mucho menos, porque la generosidad de la Abogacía y de mis colegas me ha honrado con tres cruces, nombramientos, medallas y denominación de una dependencia en nuestro edificio. Este acto es otro regalo que recibo. No sé cómo retribuir tanta amistad y tanto desprendimiento. San Juan de la Cruz dijo que en el atardecer de la vida seremos examinados por el amor. Eso, el amor, es lo que puedo dar.

Muchas gracias.

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