EL MEJOR DERECHO PARA TITULARSE EMPERADOR ROMANO

 

Mi nieto Pequeño Sebastián, un científico interesado en todo, hasta en la historia, me hizo llegar un artículo, de los miles que circulan por las redes, que versa sobre las posibilidades de que algún ser viviente pudiese reclamar para sí el título de emperador de Roma. Destacaba cuatro candidatos: un descendiente de Napoleón, bueno colateral porque, a pesar de sus esfuerzos, el corso sólo tuvo un hijo que falleció joven, en la corte de Viena, sin haberse reproducido, un Habsburgo, por supuesto, no hay familia cuyo apellido suene más imperial, el archiduque Carlos, que tampoco está en la línea directa de sucesión del emperador de Austria por antonomasia ya que el hijo murió, no me atrevo a afirmar que se suicidó, en Mayerling, un Romanov que, como se puede suponer tampoco desciende directamente del último zar de Rusia ya que es de todos conocido el triste final de los hijos de Nicolás II, debería decir del hijo y de las hijas, un señor que esgrime los derechos del Sultán del imperio turco y el rey de España. El artículo da los argumentos de cada uno de los “pretendientes” y repasa el devenir del título imperial. Desde la división del romano, oeste y occidente. Arcadio y Honorio, los hijos de Teodosio, el principio del fin, culminado, en lo que respecto a occidente, el 476, creo, Rómulo Augusto o Augústulo, que, paradojalmente llevaba el nombre del fundador de la república y del primer emperador. La continuación del imperio de oriente, hasta 1453, cuando Constantinopla, antes Bizancio y ahora Estambul, cayó en poder de los turcos selyúcidas, la tribu acaudillada por Selyuk, cuya denominación produce temor y evocación de Lawrence de Arabia. El sultán, el equivalente al emperador se mantuvo hasta primeros del siglo XX. Desconocía que alguien ostentara algún derecho sobre el pulverizado imperio turco que, por la fuerza, podría entenderse sucesión del romano. Mientras, más cerca de nosotros, Carlomagno se proclamaba emperador de una entelequia, algo así como la Unión Europea de hoy, pero con bastante menos impulso y fuerza. Fue el origen del después llamado Sacro Imperio Romano Germánico que no era, en realidad, ni sacro, ni imperio, ni romano ni tampoco germánico. Así y todo, duró casi mil años, el lapso que obsesionaba a los delincuentes que gobernaron Alemania hace no tanto tiempo. Ese milenio, gracias a Dios, se transformó en una docena. El sacro se disolvió por obra de Napoleón que se tituló a si mismo emperador, no se sabe muy bien de qué imperio. Por esos años había tres emperadores, Francia, Austria y Rusia y se enfrentaron en Austerlitz que, por eso, se la conoce como la batalla de los tres emperadores. Sabido es que uno de ellos terminó en una isla del Atlántico Sur, y que los sucesores de los otros dos no sobrevivieron a la Primera Guerra Mundial, en uno de los casos, sobrevivir es literal. El último de los candidatos, siempre según lo que comento, es nada menos que el rey de España, Don Felipe. Es él el favorito del articulista y también el de los comentaristas que acompañan al texto. Y el mío.   En los difíciles tiempos que estamos viviendo, especialmente para las añejeces y las tradiciones con el adanismo como corriente predominante, la utilización de una corona imperial sería un sinsentido aun cuando SM desciende directamente de los Reyes Católicos. Su linaje puede parecer interrumpido cuando muere Carlos II sin hijos pero es impecable porque quien le sucede y de quien desciende Don Felipe, su tocayo o colombroño con el numeral anterior era bisnieto de Felipe IV. A pesar de todo, el rey ni siquiera utiliza el llamado título largo que, por supuesto no está en la Constitución Española. Su artículo 56 se limita a decir “Su título es el de Rey de España” aunque agrega que “podrá utilizar los demás que correspondan a la Corona”. Y el Real Decreto 1368/1987, de 6 noviembre, que regula el Régimen de títulos, tratamientos y honores de la Familia Real y la Regencia dispone en el párrafo primero del artículo 1 que “El titular de la Corona se denominará Rey o Reina de España y podrá utilizar los demás títulos que correspondan a la Corona, así como las otras dignidades nobiliarias que pertenezcan a la Casa Real. Recibirá el tratamiento de Majestad.” Luego, se extiende sobre el tratamiento de los consortes incurriendo en un claro atentado sobre la igualdad. El llamado título largo es un auténtico repaso de la historia desafortunada y de la geografía: Rey de España, de Castilla, León, Aragón, Navarra, Granada, Toledo, Valencia, Galicia, Mallorca, Sevilla, Córdoba, Murcia, Jaén, Algeciras e Islas Canarias, de Los Algarves, Gibraltar, Córcega, Cerdeña, Dos Sicilias, Hungría, Croacia, Dalmacia, Jerusalén, Indias Orientales, Indias Occidentales e Islas y Tierra Firme del Mar Océano, Duque de Borgoña, Bravante, Milán, Atenas, Neopatria, Limburgo, Lotaringia, Luxemburgo, Güeldres, Estiria, Carniola, Carintia y Wurtemberg, Archiduque de Austria, Conde de Flandes, Tirol, Rosellón, Cerdaña, Habsburgo, Artois, Hainaut, Namur, Gorizia, Ferrete, Kyburgo y Barcelona, Señor de Salins, Malinas, de la Marca Eslovena, Pordenone, Trípoli, Vizcaya y Molina, Marqués de Oristán y Gocíano, Landgrave de Alsacia, Príncipe de Suabia, Margrave del Sacro Imperio Romano y Burgau. Toda esta retahíla está compendiada en el Almanaque de Gotha, el fantástico libro donde se consigna toda la nobleza europea. Según entiendo, no se consigna allí, ni en ningún otro sitio, el título de Emperador del Imperio Romano de Oriente que adquirieron sus ilustres antepasados de Andrés Paleólogo, el sobrino, el emperador constantinopolitano sin Constantinopla. Don Felipe, como legítimo sucesor de Isabel y Fernando tiene derecho indiscutible a ese título. Aunque a lo mejor podría haberlo perdido por haber transcurrido el plazo fatal para reclamar los vacantes.     

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