UNA OCURRENCIA MAS
Da la impresión que nuestros políticos apenas conciben una
idea la lanzan inmediatamente al mundo quizá para justificar los sueldos que
perciben y para que se vea que trabajan. Hay algunas que parecen ser el fruto
de una súbita inspiración que brota de sus privilegiadas mentes y que sirven
para que nos asombremos por la capacidad intelectual de la que hacen gala. No
se ha reflexionado, no se ha consultado con quienes saben del asunto, no se han
medido las consecuencias inevitables del exabrupto. Confían en que como las
noticias se suceden con tal vertiginosidad, al cabo de unos días, a veces de
unas cuantas horas, todo se habrá olvidado. Las ideas naufragan en un mar de
insensateces en el que todo nos bañamos.
Hay consenso, cosa extraña, entre los que gobiernan y los que
se oponen en que estamos sufriendo algunos problemas. No sólo sufrirlos a ellos
sino también a algunas calamidades que nos asolan. La violencia, especialmente
la doméstica, intrafamiliar o como queramos llamarla, la salud con las largas
esperas y la explotación de los facultativos, la educación o su déficit, la
justicia -no solo de la que aparece en los periódicos sino la del día a día, el
transporte ferroviario que hasta que asumió algún ministro era ejemplar,
puntual, cómodo, limpio y hasta elegante y ahora se ha regresado a aquellas
épocas en que ni se sabía cuando era la partida y mucho menos cuando, la
llegada, las horas de trabajo que parecen ser muchas y que deben ser objeto de
un recorte para que se viva mejor, aunque los trabajos se retrasen, total dicen
que el que de prisa vive, de prisa muere. No es que pretenda volver al pasado
cuando en la Europa de finales del siglo XIX se trabajaban entre 60 y 70 horas
a la semana con un día de descanso. Las míticas 48 se consiguieron entrados los
años veinte del siglo pasado y las 40 sólo se impusieron durante la dictadura,
dicho sea de paso, y no se recogieron sino hasta el Estatuto de los
Trabajadores, 1983. Todavía hay países donde se trabaja más horas: en Israel,
por ejemplo, a pesar del Sabat donde los religiosos no pueden coger ni un
ascensor. Y, claro, el problema de moda: la vivienda en manos de horrendos
propietarios que quieren lucrarse con los pobres que necesitan un techo sobre
sus cabezas.
De eso era lo que quería hablar. Todos aprecian las
dificultades, pero no coinciden en las soluciones. Unos se adelantaron y en un
fin de semana pergeñaron unas medidas que estaban seguros no se aplicarían
porque no están en el gobierno, aunque varias sí pueden ir adelante porque su
implementación es competencia de las comunidades donde sí están. Los otros, a
lo mejor cogidos de sorpresa han replicado con otra serie que tampoco podrán
llevar a la práctica en su totalidad porque no dependen del Estado sino de las
autonomías. Total, hablar por hablar y
conmover a los que de verdad sufren el problema que quedarán convencidos de que
unos u otros se lo resolverán.
Entre la pléyade de soluciones hay una que te deja
estupefacto. No sólo por la medida en sí sino también por su justifica0ción. Y
no hay aquí ninguna duda porque el presunto autor la explicó en vivo y en
directo. La propuesta, original ella, consiste en limitar la compra de
vivienda por parte de ciudadanos extracomunitarios no residentes incrementando
hasta el 100 % el gravamen fiscal que deben pagar cuando compran una casa en
España. La razón de tan original idea es que tales sospechosos individuos
adquieren inmuebles en nuestro país para especular obteniendo ilegítimos y
cuantiosos beneficios de tan abyecta operación. Ignoro. pero me esfuerzo en
entender, que tiene que ver ese castigo con el problema de la vivienda.
Evidentemente se descorazonará a más de uno que invierta en España si tiene que
empezar pagando hasta un 20% de Impuesto de Trasmisiones Patrimoniales una
cantidad que no existe, según he podido investigar ni en el Tíbet y, desde
luego, en ningún país del mundo. Alguien piensa que un inglés, por ejemplo,
preferirá venir aquí a invertir en lugar de Portugal, sin ir más lejos, donde
el impuesto es del 6,5 %. Pero no sólo los ingleses, que son los que hasta
ahora más invierten en vivienda, no para especular como cree el jefe, sino para
escapar del frío que, por cierto, es cada vez menos frío, sino también viven
unos siete mil trescientos millones de terrícolas que no son comunitarios,
algunos porque no quieren y otros, porque no pueden. En nuestra tierra hemos
vivido, nada mal creo, de estos futuros castigados: árabes, kuwaitíes, rusos,
noruegos, suizos, norteamericanos, sudamericanos, chinos… Esta gente ha invertido, pagado impuestos,
ofrecido trabajo, gastado en muebles, avituallamiento y todo por el gusto de
pasar unas temporadas entre nosotros.
Me pregunto qué beneficio se obtendrá espantando a los
inversores. Es imaginable l que construye o tiene ya una vivienda, deseoso de
venderla la pondrá en alquiler por un monto razonable porque le disminuye la
demanda. Es arriesgado pensar que esto sucederá.
No estaría mal, no haría daño. que antes de lanzar soflamas
(tercera acepción) se estudiase, se meditase y se callase.
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