EL HUMILDE HOGAR DEL MARQUES DE ALCAÑICES

 En el periódico La Razón de hace seis meses más o menos, apareció un artículo con ese nombre y un par de fotografías de lo que es hoy la sede del Consejo General de la Abogacía Española. Me sentí muy honrado en que se diese noticia sobre nuestras instalaciones porque me siento muy orgulloso de que la profesión sea dueña de un edificio singular, de categoría y con amplias instalaciones para albergarnos. Desde hace más de veinte años asisto regularmente a las reuniones plenarias y a las comisiones de trabajo a las cuales pertenezco y cada vez que atravieso la puerta verde no puedo dejar de felicitar en silencio a quienes decidieron con gran esfuerzo adquirir esas magníficas instalaciones enclavadas en la mejor zona de Madrid, la enorme manzana entre el Paseo de Recoletos, la calle Alcalá, Barquillo y Prim. Se llama eso, actitud proactiva, inteligencia y visión de futuro.

El título del artículo tiene un toque de ironía resaltado por las comillas que encierran la palabra humilde. Creo que, con todo respeto sobran las comillas y la ironía. Y eso, porque para el XVII marqués de Alcañices, el trasladarse a esa residencia constituyó un golpe derivado de una disminución notable de su fortuna y la necesidad de reducir sus gastos al mínimo. Porque lo que no relata el artículo que, por cierto, abunda en datos es que la casa del número 13 del paseo no se adquirió para que le sirviese de hogar ni siquiera de residencia. Don José, Pepe Osorio le llamaba el pueblo era propietario, y allí vivía, de un inmueble un poco más acorde con su categoría de Grande de España, en realidad, cuatro o cinco veces ostentaba la Grandeza, y dieciséis títulos nobiliarios. El palacio conocido como Palacio de Alcañices ocupaba un solar enclavado entre la calle de Alcalá y el Paseo del Prado donde ahora está el Banco de España. Debido a la importancia de su propietario, fue alcalde de Madrid más de un lustro y ocupó todos los cargos imaginables, recibiendo los honores y condecoraciones, debido al brillo y la elegancia de su esposa, una princesa rusa, Sofía Troubetzkoya, según se afirma, la mujer más guapa de su generación, hija secreta del zar de todas las Rusias, Nicolás I, el palacio era el centro de la sociedad del último cuarto del siglo XIX. El marqués fue un benefactor de la reina Isabel II y de su hijo, corriendo con todos los gastos del exilio. Fue pieza fundamental para conseguir la abdicación de la primera en favor del segundo que lo veía como su padre. Su intervención decisiva en la restauración terminó arruinándolo y tuvo que vender Alcalá y trasladarse a Recoletos. A él debe haberle parecido muy humilde su nuevo domicilio si lo comparaba con el antiguo, vendido al Banco.

A pesar de la categoría del personaje no debe haber sido un hombre feliz. Mientras vivió su esposa se mantuvo bajo su hechizo. La señora fue, entre otras cosas, la introductora de la tradición que ha permanecido hasta nuestros días de adornar un pino para la Navidad y la impulsora de la llamada Rebelión de las mantillas, organizada para fastidiar a la nueva reina, esposa de Amadeo de Saboya, y demostrar que los extranjeros, por muy reyes que fuesen no eran bienvenidos ni serían aceptados por la aristocracia. Doña Sofía alcanzó a vivir varios años en el humilde hogar ya que el traslado, posterior a la venta, tuvo lugar en 1882 y ella falleció en 1898. El año no fue precisamente muy propicio por razones de todos conocidas y dejó a su marido solo y abandonado. Don Alfonso XII había muerto em 1885 y la regente apartó a don José y a su esposa de la corte porque Doña Virtudes responsabilizaba al marqués de la mala conducta de su difunto esposo que se bastaba a sí mismo para portarse mal. Sin hijos, la pareja Osorio no encontraba el marqués más apoyo que en su sobrino que se quedó a su muerte con el humilde hogar y que al cabo de un tiempo vendió para darle alguna utilidad ya que cómodo, lo que se llama cómodo no estaba allí.

Es verdad que se mantuvo hasta el fin de sus días al servicio de España pero sin doña Sofía nada era igual. La casa se le venía encima si la comparaba con las enormes estancias de donde había visto al mundo.

El Consejo adquirió el edificio de los compradores del sobrino y lo rehabilitó en su estado actual conservando todos los elementos nobles como la escalera de mármol, las ventanas y todos los suelos que se pudieron salvar.

No recuerdo cuánto se pagó por el palacete, seguro que un poco más de lo que pagó el Banco de España al marqués, tres millones de pesetas, unos dieciocho mil euros.

No me resisto a consignar la protesta ciudadana plasmada en una copla popular por la introducción de una multa que impuso siendo alcalde al que orinaba en la calle, una mala costumbre que, afortunadamente hoy sólo practican los perros. Decía así: ¿Cuatro duros por mear? ¡Caramba, qué caro es esto! ¿Cuánto cobra por c… el señor duque de

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