HABLEMOS DE SILLAS
Es posible que mucha gente no haya oído hablar jamás de la “Ley de la silla” aprobada en 1912 y aún vigente con su modificación de 1918. Fue doña María Echarri, una gran luchadora por los derechos de la mujer en épocas en que ni siquiera se concebía la igualdad de sexos ni la protección de débiles y vulnerables, quien impulsó esa norma que obligaba al empresario a facilitar en todos los establecimientos no fabriles un asiento individual a las trabajadoras. Parece increíble la evolución de los derechos de los que vivían de laborar. Concebido el contrato de trabajo como un simple arrendamiento de servicios no se preveía remediar la asimetría entre la posición de la empresa y la del que sólo podía ofrecer su esfuerzo. El contrato era, normalmente, de adhesión. Se establecían las condiciones por el empleador y el empleado aceptaba o no. A pesar de los cambios económicos que se experimentaron durante el siglo XIX las leyes que favorecieron a la parte débil no son muchas más que, me parece, la ley de 1873 que prohibía el trabajo de los menores de 10 años y la de 1878 que prohibía a los niños menores de 15 años los trabajos insalubres y peligrosos, toreros, domadores de fieras, buzos y otros similares.
En el año 1900, se aprobó la Ley
de Accidentes de Trabajo; más tarde, la Ley de Descanso Dominical y, dentro de
esta nueva tendencia, orientada a la eliminar la injusticia, se aprueba la de
1912 que no está derogada pero no sé si se aplica. La norma regía sólo para las
mujeres y se justificaba por denuncias de médicos que alertaban sobre la gran
cantidad de abortos que afectaban a trabajadoras embarazadas que debían
permanecer largas horas de pie para desempeñar sus labores. Si bien no sufrían
esa desgracia, se estimó, sólo unos años después, que los varones también
tenían el derecho a sentarse cuando podían trabajar con más comodidad y sin
reducción en su eficacia.
La posición sedente es, si bien prácticamente
no era conocida por la humanidad en sus orígenes más que nada porque el homo
erectus estaba orgulloso de esa condición y porque, en realidad, había pocos
sitios donde hacerlo confortablemente, se desarrolló con lentitud siempre
concediendo un cierto privilegio a los que podían adoptar el gesto. Vemos en las
imágenes del antiguo Egipto faraones sentados mientras el resto del personal
estaba de pie.
Porque los tronos no son más que
sillas dignificadas y los reyes, salvo los nuestros, los utilizan en actos
solemnes y, desde allí, presiden. Desde la restauración de la monarquía si bien
se ha mantenido el Salón en el Palacio de Oriente, ninguno de los monarcas ha
decidido utilizarlos. En ceremonias importantes, recepción de embajadores, Día
de las Fuerzas Armadas se sitúan delante de los que están destinados a rey y
reina arriesgando que alguien pretenda situarse a continuación como ha
sucedido.
En mis ya no tan cortos años, he vivido
reinando ocho pontífices, que no es poco, considerando que sus cargos son
vitalicios y salvo dos, sus existencias han sido prolongadas, afortunadamente,
desde su exaltación. Excuso al papa Juan elegido ya muy mayor y al primero de
los Juan Pablo, el papa de septiembre. A pesar de las voces críticas que se
escuchan denunciando la inmovilidad de la Iglesia Católica, en sillas, por lo
menos, se ha dado un salto espectacular. El papa bajo cuyo pontificado nací y
pasé mis primeros años usaba la llamada “silla gestatoria” una magnífica pieza
de cuidada elaboración provista de dos travesaños que era soportada por un
número de sediarios, así se les conocía, reclutados entre lo más granado de la
sociedad romana. Al papa se le veía desde lejos y derramaba dignidad, elegancia
y veneración. Revestido, llevaba la triple corona y resultaba absolutamente
inconfundible. La silla pasó a la historia. Recuerdo, evidentemente a Pío XII y
a Juan XXIII en lo alto, pero no a Paulo VI que, probablemente la descontinuó. De
este aparato, de tracción humana se ha pasado al papa móvil donde Su Santidad
también va sentado, pero como un mortal más. El vehículo cumple, es verdad, la
misma función que la gestatoria, permitir que se vea al papa, pero la distinción
y el refinamiento no son, evidentemente, los mismos. En los últimos días de su
pontificado vimos a Francisco con muchas dificultades y, prácticamente en su
último día apareció sentado en una silla de ruedas.
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