GENERO NEUTRO
Se muy bien que hablar de
política o religión produce inevitablemente -y hoy todavía más-fricciones e
incluso riñas apasionadas por lo que es mejor callar y guardarse las opiniones
para uno mismo. Pero es esta oportunidad no me ha sido posible contenerme. Es
que he leído en la magnífica recopilación de noticias que me envía con
regularidad la Asociación de Traductores e Intérpretes Jurados de Cataluña y
Traductores, acaudillada por nuestro Josep, una noticia relacionada con la
Iglesia Anglicana. Debo comenzar admitiendo que tengo sentimientos encontrados
sobre esa religión. No me pilla muy lejos ese culto por antecedentes familiares
muy próximos. Tengo que reconocer que me simpatizan muchas de sus
características, pero no puedo olvidar su origen tan ligado a la coincidencia
de la aparición de ese movimiento septentrional que se llamó por unos, la
Reforma y por otros, el Cisma de Occidente. Como todo el mundo sabe, un rey
corpulento y mujeriego deseaba fervientemente a una voluntariosa joven que no
se dejaba impresionar por la majestad del galán y le exigía pasar por la
vicaría antes de consumar nada. El hombre hizo lo que pudo reclamando
comprensión del Sumo Pontífice, pero éste no se atrevió a desafiar al emperador
reinante y perjudicar a su tía, la del emperador, no la del papa. El rey del
cuento cortó por lo sano, desconoció la autoridad del sucesor de Pedro y fundó
su propia iglesia y para evitar la intromisión de terceros, asumió su jefatura
haciéndola, hasta hoy, trasmisible por causa de muerte. La creación de nuevas
iglesias fue durante siglos la razón por la cual se enfrentaros quienes se decían
fieles de uno y otro credo y procuraban en lugar del apostolado, la degollina.
Los anglicanos tienen algunas peculiaridades. Durante la misa se ponen de pie
para cantar -lo que es recomendable para el diafragma- y oran y leen el
evangelio, sentados lo que es más cómodo. Reconocen la existencia de los santos,
pero los veneran poco porque estiman, con razón a lo mejor, que no se necesitan
mediadores para dirigirse al Ser Supremo. Hay también otras diferencias con el
credo católico como la transubstanciación que niegan y en el número de
sacramentos, notablemente inferior. Como converso, he suspirado toda mi vida
que pudieran unirse las iglesias lo que me parecía posible y deseable. No en
balde rogamos en la misa que se produzca. Pero veo esa entelequia cada vez más
lejana y no por el credo sino por la senda que sigue cada una. Los anglicanos
son más progresistas para calificarlos con un adjetivo al uso, no siempre
indicativo de auténtico progreso. Así, aceptan el sacerdocio de las mujeres,
permiten a los curas contraer matrimonio, tienen una visión muy diferente hacia
el matrimonio homosexual, más comprensión con el divorcio, la entronización de
obispos, categoría a la que pueden alcanzar y han llegado sacerdotes -no me
gusta sacerdotisas- del sexo femenino. Estos pequeños detalles dificultan mi
suspirada unión.
Pero es otra cosa a la que me
quería referir: la noticia antes referida. La Iglesia Anglicana se plantea
nombrar a Dios con el género neutro. Es que me recuerda un incidente desagradable
que protagonicé en una charla-coloquio que celebramos en el Casino de Marbella,
hace ya muchos lustros. Hablábamos de la relación de dominación del sexo
masculino, la necesidad del lenguaje inclusivo y también la posición de la
Iglesia Católica en estas materias. A mí se me ocurrió la brillante idea de
manifestar que, si bien Dios no tiene género, ni raza, ni edad, se le
identifica como de raza blanca y de género masculino. Hice referencia a un
movimiento de los años setenta del pasado siglo, auspiciado por afroamericanas,
bajo es eslogan de “Dios es negra” que reivindicaba una visión más igualitaria
y cercana a todas las personas. Prometo que no sostuve entonces ni ahora que
sea seguidor de ese movimiento. Sn embargo, desperté la ira de un distinguido
fiscal, de Granada, creo, que me puso tibio, preguntándose como había llegado a
sobrevivir tanto tiempo siendo un imbécil redomado. A veces yo también me lo pregunto.
Personalmente, no me interesa
cambiar nada, pero sigo pensando que, por mucho que hace siglos que se viene
manteniendo la incompatibilidad de la divinidad con las características humanas
que nos dividen, hay una tendencia innegable a imaginar a Dios como un señor
barbado de edad no demasiado avanzada, blanco con largas barbas y de sexo
masculino. Así nos lo mostró Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Hoy es una
realidad que el antes denominado sexo débil mantiene una lucha por el
igualitarismo que está presente en muchas situaciones, desde el nombramiento de
magistradas del Tribunal Supremo hasta el nombre de instituciones venerables
como los Colegios profesionales, algunos de los cuales cuentan con
cuatrocientos años o más. Tienen razón, pero el lenguaje se alza como una
barrera para que la referencia a ambos sexos sea inane. Esto de no llamar las
cosas por su nombre o haya que referirse constantemente a unas y otros es una
lata.
La lengua inglesa lo tiene más
fácil basta con utilizar el pronombre “it” que tiene la misma conjugación que he
o she. Pero suena fatal. Hasta el perro o el gato tienen derecho al
pronombre masculino o femenino, según el caso y el it se usa sólo cuando
no se conoce al perro o al gato y no se sabe si es gato o gata.
Creo que no prosperará la
iniciativa, pero me alivia pensar que no soy yo el único que alberga esos, a lo
mejor absurdos, pensamientos.
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