UNAS CURIOSAS ELECCIONES

 

Vivimos en elecciones. No me refiero a las generales, a pesar de la voz que clama en el desierto para adelantarlas, con toda clase de razones, algunas bastante entendibles. No, me refiero a las de los clubes a los que pertenezco, de las instituciones a las cuales les dedico buena parte de mi tiempo, a las de las Comunidades Autónomas… La democracia se ha impuesto con las ganas propias de quien estuvo tanto tiempo dormida. Debo reconocer que me gustan los resultados, pero nada los procesos previos que me aburren en algunos casos y me agobian cuando participo. Son demasiado largos, a mi juicio, e inconducentes porque creo que nadie responsable cambia sus preferencias y el sentido de su voto porque tal o cual le diga que es mejor que el otro. Nos movemos por instinto, por convicción acuñada y también por interés y simpatía. Lo de interés no debe malinterpretarse. No se trata del cochino deseo de abusar o apropiarse de algo sino, simplemente, porque todos tenemos alguna cosa que defender, el funcionamiento de una actividad, un patrimonio, un piso alquilado o por alquilar. Impulsado, me esfuerzo en convencerme, por mi vocación por lo que podríamos llamar servicio público o casi público, me he presentado a un buen número de comicios electorales. Desde el lejanísimo cargo de delegado del primer curso de la facultad hasta el del pasado 20 de febrero, pasando por una pléyade. Siempre he ganado, lo puedo demostrar. También he votado en cada oportunidad que me han brindado. Probablemente soy de las personas que más han sufragado. Viví en mi país natal hasta que suprimieron las elecciones y cuando vine a éste de mis amores, comenzaron. Sólo me perdí unas, y aún lo siento, ¡las de marzo de 1973! No habría cambiado el curso de la historia, pero fueron decisivas para el futuro que estaba a las puertas de elegir entre el caos o la represión. Este exordio no tiene otro propósito sino comentar unos determinados resultados y unas reflexiones. El Consejo General de la Abogacía Española, institución que representa mi profesión, nacional e internacionalmente, coordina a los 83 Colegios de Abogados de España o de la Abogacía, como se dice ahora, y está formado por los Decanos y Decanas de esas corporaciones, por el presidente de la Mutualidad, por los de los Consejos Autonómicos y por 12 abogadas y abogados que se eligen por los otros miembros y que se renuevan cada cuatro años, antes cinco. Ésas son las elecciones que comento, las celebradas hace un mes. Soy ya un experto porque vengo presentándome desde 2006, en 2007, 2012, 2017, 2022 y 2026. Ya he dicho que me gustan. Los electores son, en general buenos amigos y muy generosamente me han prestado su apoyo en cada oportunidad. Pero algo ha pasado. Normalmente, se presentan como candidatos alrededor de veinte personas entre aquellos conocidos por el electorado y los que ignorantes del sistema dan el paso al frente. Bueno, en estas últimas postularon nada menos que ¡ochenta! Lo nunca visto. Una curiosa actitud, a mi juicio, de quienes ni siquiera se tomaron la molestia de contactar o asistir Y los del primer grupo, los probables, eran veinte y, la mayor parte, con muchas probabilidades de triunfar lo que obligaba a una cuidadosa selección. Tan pronto como se convocaron, escribí a casi, casi todos los que me podrían agraciar con su preferencia y, para mí sorpresa y satisfacción, recibí por escrito casi cincuenta promesas de votarme, algunas con comentarios muy laudatorios que justificaban mi audacia de seguir en la función a pesar de mi antigüedad en el cargo y mi indefinible edad. Luego, en otras oportunidades, durante el largo proceso,Quedé tuve la ocasión de discretamente hacer notar a mi interlocutor que estaba dispuesto a continuar si él o ella lo veía conveniente. Así llegué a la convicción que no sería imposible renovar la primera mayoría que había obtenido en la anterior oportunidad: el 75 por ciento, modestia aparte. Lo que sucedió, me sorprendió: sólo obtuve 48 votos lo que significa que nada menos de 30 de mis compañeros habían contestado a mi requerimiento con una mentira piadosa. Quizá el tiempo, ese tirano, había influido en ese fenómeno porque cuando esa treintena se había comprometido no se conocían todavía todas las opciones. Quedé inmediatamente al lado del podio, sin medalla de cobre, pero elegido, que de eso se trataba y muy feliz. Dignamente porque la cifra repartidora era 38 y bajo ese umbral se quedaron muchos candidatos muy buenos que habían demostrado su gran valía durante su paso por el Consejo. Si quieres ser felices no analices, decía mi tía Beya pero no puedo dejar de pensar que a veces se cambia de opinión en poco tiempo o que otras veces se edulcora una realidad. No alcancé la mayoría simple. Los electores, 98 y mis votos, 48. Me faltó uno. Para otra vez será.

   

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